Faustino Mondragón - 02


Continuación de Faustino Mondragón -01

Una de las puertas blancas del pasillo se abrió y antes siquiera de levantar la barbilla, el visitante reconoció la silueta y el olor a perfume alcoholizado de Emilio Moreno. Los dos hombres se miraron frente a frente. Algo que a Faustino acostumbraba a pasarle a menudo, no porque sus ojos almendrados quedaran a la altura de los de su colocutor - solían permanecer un palmo por debajo - sino porque conservaban, según habían apuntado ya varias mujeres, un brillo especial, parte del atractivo que un día tuvieron.


- Adelante - Emilio le invitó a entrar al despacho con un doblez vago de muñeca. Sus palabras se estrellaban contra el puro apagado que sobresalía entre la barba frondosa. Qué lástima -pensaba Emilio a veces- que tanto espesor capilar se hubiera perdido con los años unos centímetros por encima de la frente.

Ya en el interior de la sala, Mondragón se había deshecho de sus Adiddas Airmax Monster Turbo y, descalzo, se expandía y contraía como un bostezo sobre el butacón de cuero que conocía bien. Emilio le contemplaba desde el otro lado del escritorio sin dejar de succionar las hojas secas de tabaco.

- Mira Faustino -carraspeó- Algunos de vosotros tenéis suerte. Pocos la mantenéis. Pero parece que no todos la sabéis aprovechar. -Abrió entonces la ventana metálica y se encendió el puro. Exhaló lentamente el humo mientras sus facciones se arrugaron y encogieron para dotarle al fin de una expresión mucho más severa y autoritaria- He hablado con Roberto. Me ha puesto al día de todo. ¡Cómo has podido! ¿Cómo has sido capaz?

El regañado se encogió de hombros y fijó la vista en el edificio que asomaba tras la ventana.

- Dos años ... dos años. ¿Tienes idea de cuántas veces la has jodido en dos años? -repasaba con las yemas húmedas archivos polvorientos que sobresalían de uno de los cajones del despacho - ¿Cuántos trabajos perdidos? ¿¡Cuántos!? -no pudo ni quiso evitar mostrarse furioso- ¿Crees que me resulta tan fácil colocar a un tarado como tú? No tienes ni idea. No entiendes nada.

- Ocho - murmuró Faustino impasible-.

- ¿Ocho? ¿Ocho qué? - embistió Emilio entre sorprendido y encolerizado al creer que no se le prestaba la atención requerida-.

- Ocho empleos.

- Serás cínico. ¡Y aún respondes! - estiró un fajo de papeles del cajón y lo estampó contra la mesa - Nueve, Mondragón. Nueve putos trabajos al traste. -empezó a rascarse la calva con desasosiego, parecía incluso que pensara en algo nuevo-. Dijiste que te gustaba escribir. Te conseguí un puesto de redactor en "La Gaceta de Albacete". Convenciste al director para quemar casi mil euros en la que iba a ser la exclusiva que sacaría a flote a la revista. ¿Y qué conseguiste? ¡Nada!.

- No es verdad.

- Oh, sí! Tienes razón. Después de pasar tres semanas entre archivos e indagaciones intensas llegaste a la conclusión de que Mª Teresa Campos era portavoz de un comando terrorista con sede en Torrelodones. ¡Eso sí es periodismo de investigación! - su sonrisa punzante permanecía tan tensa que a punto estuvo el puro de salir disparado cual proyectil sobre la frente de Faustino. Tomó aire y siguió con la enumeración.- Ya como panadero te dedicaste a ordenar las barras por tamaños y temperatura. ¿Qué importaban las kilométricas colas que se formaban en la calle? ¿Creías en serio que las hambrientas ancianitas iban a estar esperando a que completases tus clasificaciones neodarvinistas? -parecía exaltado- Oh! y pobre de la que, resfriada de tanto esperar, tosiera cerca del mostrador. ¿Qué hiciste cuando aquella mujer estornudó, Faustino? -El aludido permanecía impasible, cabizbajo. - ¿No te acuerdas?. Porque yo sí me acuerdo, Mondragón. Y el dueño de la Panadería también. Rociaste cuanto había expuesto con desinfectante, no sin antes bautizar a la señora con él. -aplastó su puño sobre la mesa mientras sacudía la cabeza en un gesto de abnegación-. ¿Has olvidado también qué pasó cuando fuiste payaso en el centro cívico "Los Pajaritos"?

- Animador Sociocultural - aclaró, algo apenado por haber perdido un cargo tan importante.
Faustino escuchaba cómo la voz envolvente del reproche se deshacía entre el humo del tabaco y, despistando las enormes ganas de arrancarle el puro a Emilio y fumárselo en tres caladas, centró su atención en uno de los sofisticados artilugios expuestos sobre el escritorio. A simple vista, parecía un reloj de arena rojiza, pero si uno lo contemplaba fijamente, como solía hacerlo siempre Mondragón, podía darse cuenta de que cuanto caía no era arena sino un liquido viscoso que goteaba cuidadosamente sobre el cristal. ¿Cuánto debía tardar aquel artilugio en completar un ciclo?¿Cuántos minutos le quedarían a Faustino para disfrutar de tal espectáculo antes de que la última gota se uniera al resto del pringue? ¿Cuando eso ocurriera, podría darle la vuelta al reloj sin que Emilio se percatase? ¿Y si éste daba la conversación por finalizada antes de que el quimérico artefacto se exhibiera por completo?... Demasiadas dudas. Demasiadas inquietudes. Habiendo tanto nuevo por descubrir, cómo perder el tiempo escuchando al hombre sentado al otro lado de la mesa?.

- Hasta aquí, Mondragón. Ya no más. - El tono grave de Emilio emergió a Faustino del reloj acuático y lo devolvió a aquella habitación. Aunque no por completo, pues no era la primera vez que esos labios le dirigían un ultimátum.- Aquí estamos todos cansados, agotados, buscando lo mejor para ti. Sabemos que eres... diferente al resto y no es fácil para ti todo este cambio. Pero siempre hay un límite. - Ahora chocaba los nudillos de su mano derecha contra el reposabrazos. Uno tras otro. Cada vez más rápido. En un ritmo hipnótico, frenético. Meñique, angular, corazón, índice... Meñique, angular, corazón índice... Meñique, angular, corazón, índice... - ¡Faustino! ¿Me estás escuchando? Espera aquí. Hay algo que quiero enseñarte.

Emilio abandonó el butacón de cuero unos segundos para, ya desde el umbral de la puerta, susurrarle algo a la mujer del moño tirante - quien, casualmente, aguardaba en el pasillo-. ¿Cómo era el nombre? ¿Mª Teresa? ¿Mª del Mar?. Faustino se esforzaba por recordar cuáles eran las letras apiñadas en la plaquita que colgaba de esa blusa lejana. Por un momento creyó que la mujer del moño tirante le sonreía pero pronto entendió que lo que hacía era reír alguna de las gracias del siempre ingenioso, atento y buen humorado Emilio. Tal vez él sí sería, reconoció Faustino, y no sin dolor, un buen animador sociocultural.

Continuará...


2 Comments:

  1. Miguel Galván said...
    Queremos libroooooooo, queremos librooooo, queremos libroooooooooooo
    Jose Ramon Santana Vazquez said...
    ...traigo
    sangre
    de
    la
    tarde
    herida
    en
    la
    mano
    y
    una
    vela
    de
    mi
    corazón
    para
    invitarte
    y
    darte
    este
    alma
    que
    viene
    para
    compartir
    contigo
    tu
    bello
    blog
    con
    un
    ramillete
    de
    oro
    y
    claveles
    dentro...


    desde mis
    HORAS ROTAS
    Y AULA DE PAZ


    TE SIGO TU BLOG
    SUEÑOS Y MEMORIAS DE CEBOLLILANDIA



    CON saludos de la luna al
    reflejarse en el mar de la
    poesía...


    AFECTUOSAMENTE
    SUEÑOS Y MEMORIAS DE CEBOLLILANDIA

    DESEANDOOS UNAS FIESTAS ENTRAÑABLES DE NAVIDAD 2009 ESPERO OS AGRADE EL POST POETIZADO DE CREPUSCULO.

    José
    ramón...

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